A cuatro manos y tres pies

o sobre los estrafalarios avatares de Dante Butor

sábado, mayo 12, 2007

1.19.2

Memorias de la Santísima Trinidad por Narcisso Speculando (II. Sobre el Misterio).
Nací por allá (o por allí)… (será mejor que no me acuerde ni de cuándo ni de dónde; luego se sabrá el motivo). ¡Y qué más da el tiempo o el lugar en el que se produjo tan memorable evento (memorable al menos para mí)! Baste con decir dos cosas: primero, salí de entre la cavidad más dilatable de mi madre abriéndome yo solo paso sin mayores dificultades; y segundo, salí además de bien, hermoso, tanto que a los pocos días de nacer cuando me trasladaban en una cesta, yo que empecé a reclamar mi ración líquida alimenticia tuve que ser abandonado por la nodriza unos minutos (obligada por mis berridos a poner a punto y deprisa sus desgastados pezones –desgastados gracias al contacto de mis afilados dientes– antes de proceder al amamantamiento por mí requerido) casualmente frente a un enorme espejo que había en el hall de entrada de la casa de campo familiar, hecho que aproveché para empezar, al erguirme de forma inesperada por mi cortísima edad y mirar a mi delante, a apasionarme de mi propia imagen reflejada. Y supongo que ese momento se fraguó mi destino, justo en ese instante empezó todo mi calvario, Misterio incluido. Y quizás, antes de proseguir con el cúmulo de calamidades e infortunios que me tocaron sufrir, debería hablarle algo más sobre Él, porque en verdad ¿en qué consiste este Misterio que me ha estigmatizado de por vida (y yo sin saberlo)? Este Misterio explica mi Trinidad, y, por lo que hasta ahora sé, se explica como sigue: hay UN SOLO NARCISSO, en tres personas distintas entre sí, no por su naturaleza -que es la del Narcisso mismo- sí por mi obrar en la historia de mi propia salvación. (¿A quién sino pretendíais que salvara? ¿A vosotros que ni siquiera me habéis sido presentados formalmente?) Así podría decir que hay: un NARCISSO PADRE, que es el "Principio-sin principio de todo mi ser Narcisso " y parece que, y según me podido consultar a reputados especialistas y expertos mundiales, esta parte de mí no fue ni creada ni engendrada, y así es por sí sólo el Principio de mi Vida como Narcisso, esto es, es mi vida misma, que poseo en absoluta comunión con el Narcisso Hijo y con el Narcisso Espíritu Santo; soy además un NARCISSO HIJO engendrado -no creado- por mí mismo actuando como Narcisso Padre [Inciso: ya sé que a estas alturas estáis tentados, si no lo habéis hecho ya (y si así ha sido nunca habréis llegado hasta aquí y por lo tanto no estaréis pasando por este inciso...), de abandonar la lectura pues estas líneas cuestas de seguir y más aún de entender, pero os pido que hagáis un esfuerzo: un Narcisso como yo bien vale primero una misa y luego una lectura interesada], así me tengo a mí mismo como Hijo engendrado, eterno y consustancial (de la misma naturaleza o sustancia) y al mismo tiempo Padre como el que engendra; y por último soy también un NARCISSO ESPÍRITU SANTO que procedo de los Narcisos Padre e Hijo, y este último Narcisso me hace ser una "espiración", un soplo del Amor consustancial entre el Narcisso Padre y el Narcisso Hijo, y así se podría decir que yo como Narcisso Dios en mi vida íntima soy amor que se personaliza en mi Narcisso Espíritu Santo. Y hasta aquí la parte que a los Narcissos que hay en mí se refiere.

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martes, marzo 20, 2007

1.19.1


Memorias de la Santísima Trinidad por Narcisso Speculando (I. una revelación impulsada por el sanctum praeputium).

Soy Narcisso Speculando, aquel que ha sentido al fin la Llamada; aun siendo ya demasiado viejo –de unos entradísimos en carnes, y siendo exactos, ochenta y seis años, a pesar de gozar del aspecto de un infante– para iniciar nada, he sentido paradójicamente un impulso súbito, un arrojo encendido que no debo dudar ha sido propiciado por el sanctum praeputium –magna reliquia divina que obra en mi poder desde unos sucesos acaecidos cuarenta años atrás en la catedral de Le Puy-en-Velay y que más adelante espero relatarles. Y esta energía atroz me impele a dejar atrás mis períodos oscuros –la práctica totalidad de mis días–, años, vida, en esencia, de absorta contemplación de mi inigualable imagen, de perdido amor a mí mismo, fruto quizás de ser incapaz, o directamente de no querer abandonar la vida de niño de la que tanto gocé y que luego he intentado reproducir en cada una de las subsiguientes etapas de mi existencia, hasta el punto que podría pensar –si no fuera por padecer una extrañísima enfermedad, glandular y congénita, signo distintivo, cáncer y a la vez gloria, de toda nuestra estirpe, que nos hacer primero crecer y más adelante languidecer convirtiéndonos en seres cada vez más jóvenes a medida que pasan los años– que mi estado actual es consecuencia lógica y buscada por todos y cada uno de mis actos. Pues bien, creo que ha llegado la hora, la hora de revelaros algo capital aunque sea viniendo de mí y además sobre mí: es, será el misterio más grande que existe, existirá y, por ende, un dogma de fe incuestionable, una verdad que deberéis creer a pie juntillas (incluso aquellos que carezcan de pies que juntar) si os consideráis cristianos de verdad. Como misterio suma escondido no ha podido ser conocido hasta este momento, momento de su Revelación hecha por mí, y es tal su profundidad que aún después de que hayáis pasado por él, de haberlo vivido plenamente, el entendimiento por sí solo no podrá bastaros para comprenderlo, penetrarlo ni abarcarlo en su totalidad. Este misterio se puede resumir en que: yo, Narcisso, soy uno en tres personas, soy un solo y único, que es a la vez Padre Creador, que es además Hijo Redentor y que es finalmente Espíritu Santo. Confío entonces, pues no hay ni habrá otra forma posible de abordarlo, que vuestro entendimiento sea iluminado por una fe, renovada y aumentada gracias a las palabras mías que a renglón seguido –y algo torcido pues parezco de temblores– me propongo transcribir. Para ello bastará que os acerquéis puros, sin prejuicio alguno, al misterio de una vida íntima, la mía que es Una y a la vez Trina (incluso cuando enmudezco). Sí, es verdad, no lo voy a negar por más tiempo: soy tres Personas distintas en un sólo cuerpo, y esta revelación de mi más íntima esencia debería ser para vosotros suficiente como para empezar a adorar de inmediato, y sin más dilación, a esas Tres Personas que hay en mí. Si no lo es, me gustaría convenceros a través de la sucinta memoria sobre mi azarosa vida que me propongo contaros en lo que sigue.

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viernes, marzo 16, 2007

1.19


Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: El reconocimiento de la Santísima Trinidad encarnada bajo la apariencia del infante conocido por el nombre de Narcisso Speculando.

Tras volver a la sala de su particular viaje, Dante (o más bien, y en representación suya, la voz de la conciencia) concluyó raudo –en un gesto de introspección demasiado sincera y así harto innecesaria– que tanto su posición física como sus vicios de antaño se habían mantenido intactos en esa mística marcha y una culpa, una grandísima culpa, le invadió en la mayor parte del lóbulo temporal izquierdo de su neocortex (al resto del lóbulo le suponemos un gran valor por resistirse, por no achantarse ante semejante incursión pueril). Y es que se decía –en concreto, unos treinta y cuatro minutos atrás– del todo reformado: un hombre nuevo con renovada conciencia moral y en posesión de unos valores que nunca antes había mantenido nada más que tres o dieciocho segundos (3 en aquellos casos de los valores más cristianos y 18 en el resto). Sin embargo, bien fuera antes o justo después de esa visión hedionda, algo había cambiado en sus adentros: no lo podía negar por más tiempo, ¡tenía conciencia!, ¡y en buena hora le aparecía! Sí, no sólo tenía una –una, porque es bien sabido que conciencia no hay más que una, ¿o era otra cosa?–, sino que además era grande –grande (aunque no lo suficiente como para tener una conciencia católicamente admisible), a razón de la zona neuronal que había resonado avisándole del acto sobremanera impuro que acababa de cometer– y también libre –libre porque esta no se había guardado de importunarle en un momento tan poco pertinente, esto es, en acto de servicio. Dante, misticismos aparte, se sentía –el muy criminal– libidinoso de nuevo en presencia de un menor –recordemos sus escarceos frente al portal de Les Filles de María Auxiliatrice– y a la sazón, con la conciencia ya adquirida, comenzaba a sentir incluso… ¡remordimientos! Pero había algo, otra voz interior que no supo cómo llamar entonces (aunque se le vinieran a la mente más tarde, y sin previo aviso, los nombres de Josquin o Johannes, por citar sólo un par que empiezan por J) y que se atrevía a sugerirle lo siguiente: el infante de sus ojos (y azoramientos varios) únicamente era tal infante en apariencia porque debía tener al menos… ¡40 ó 50 años (y eso tirando corto)! Y eso –semejante pensamiento, vamos– sí que le asustó. Aunque para susto el que luego se llevó al caer en sus manos –directamente desde la mochila del infante en cuestión y por motivos que más tarde esperamos aclarar– un librejo manuscrito cuyo título rezaba (y eso a pesar de su agnosticismo) ‘Memorias de la Santísima Trinidad por Narcisso Speculando’, susto pues había estado desde entrar al inmueble, y sin levantar el más leve signo de sospecha, en presencia de… ¡la mismísima Santísima Trinidad! Y para más inri pronto pudo comprobar, al iniciar la lectura del escrito, que... ¡efectivamente esa voz interior que bien pudiera responder al nombre de Josquin o Johannes (dudaba todavía entre uno de los dos nombres) estaba en lo cierto! ¡El infante tenía en verdad la edad de un anciano!

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sábado, marzo 03, 2007

1.18. Interpolación A.1 (o sobre las visiones contemplativas de Dante)

La primera y la más mística de todas aquellas visiones (aunque ahora mismo no sepamos cuáles) que luego de forma incontenible vendrán: La aparición en la sala del angelito –bien empapochado todo él de sus propios (¿podían ser acaso ajenos?) fluidos intestinales– originó en los asistentes unas irrefrenables nauseas, por mera obra y gracia del intenso hedor que este desprendía. Pasados justamente 47 segundos y 2 décimas de producirse su irrupción, todos ellos, a excepción de Dante, estaban vomitando: unos por efecto directo del efluvio, otros soliviantados por la exposición a los vómitos de los primeros y, finalmente, un tercer grupo (el menor en número es justo de reconocer) por mera empatía con los dos anteriores. Dante, en cambio, reaccionó ante ese ofensivo aroma –imbuido por otras pulsiones, por diferentes mecanismos de funcionamiento interno que el resto– retomando ante sus ojos el instante acaecido 3 minutos, 28 segundos y 1 décima de segundo atrás, esto es, el momento en que se había tropezado por primera vez con semejante alhaja. Y a pesar de que nunca se podrán averiguar las causas exactas que le condujeron a semejante visión (más allá del estar hecho de otra pasta, y quizás de una pasta no precisamente excepcional sino lo suficiente receptiva a la miasma como para quedar aturdido por ella de manera que empezara a alucinar sin más), el caso es que Dante estaba reentrando en la escalera, pero ahora ¡la escalera parecía más bien estar entrando en él que al revés! Y, gustos aparte (que los tiene), eso no sucede todos los días, más aún, no sucede nunca, y francamente a estas alturas de la vida de Dante no entendía porqué no sucedía (no será que eso no facilitaría las, por otro siempre farragosas, visitas a inmuebles desconocidos). En todo caso, y con independencia de si la escalera era la que se introducía en el cuerpo de Butor como malamente pudiera –lo de malamente se entiende por la desproporción entre su volumen y el del huésped, Dante Butor para más señas- o si este (con su cuerpo a cuestas) entraba en verdad en la escalera, lo cierto era que en ella se hallaba el muchacho de marras –sí, el culpable de todo este entuerto místico– y que Dante a fin de cuentas seguía sus pasos a pesar de haberse prohibido terminantemente seguir jamás los pasos de alguien, pues ¡qué era eso de arrastrarse, de perseguir la estela de otro ser que no fuera él mismo! Y es que encima, y para mayor patetismo suyo y del azar que lo había propiciado, perseguía, y con cierto enardecimiento incluso, a un colegial, imberbe y un punto enfermizo. Si más adelante pudo apreciar en él signos de indudable corruptela interior –nos referimos, claro está, al asunto del colón irritable–, el síntoma más evidente, el que saltaba a la vista nada más verle, de esta su condición de enfermo, de ser más allá de la ultratumba, era su extrema palidez. Si el hedor de sus intestinos le indujo a un estado contemplativo luego (o ahora pues esta visión retroactiva sucede en presencia del muchacho y de los otros colegiales en la sala), tampoco antes (o ahora porque Dante está en la escalera de nuevo con su mente pese a estar físicamente en la sala) la blancura de su piel fue causa de repulsión, al contrario. Y este comportamiento por él exhibido –extraño, desviado una vez más– esa forma de sentir tan enrarecida, notando como la escalera se introducía en su cuerpo, como ya no más seguía los pasos de un estudiante (al que, para ser sinceros, buscaba con la mirada) sino que ¡los pasos de este le seguían a él!, que más adelante había sido realmente el rellano el único que se había acercado a ellos dos (absortos en el fondo el uno del otro, el uno en el otro), y no al revés, y que, de igual manera, ellos dos (enardecidos mutuamente) esperaban a la puerta del piso donde luego unos cuadros plagados de inacabables posturas, de interesantes combinaciones de encaje (aunque de difícil ejecución) entre dos, tres… ¡veintitrés cuerpos!, se les habían acercado para dejarse ver sin pudor ni reservas algunas, sí, este comportamiento reflejaba una verdad, su verdad y no la de ningún otro, y pese que a esta forma de ser y sentir sería considerada (si fuera [re]conocida) aberrante, y al borde de la locura, por la mayoría, en Dante no suponía más que un origen, no representaba un final, era el principio en él de lo que después habría de venir, de lo que habría de ser, el punto de partida de una vida plena, auténtica… única.

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viernes, enero 19, 2007

1.17



Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: VI. Un apretón juvenil le hace vislumbrar las puertas de un Averno maloliente (once revisited)

A estas que Butor observaba con curiosidad la escena de todo un grupo de infantes a cual más enardecido y soez, cuando aquel que le acompañó en su subida desde la calle abandonó presuroso la estancia –quizás, pensó Dante, fuera efecto de una excitación incontenible ante la lección que se avecinaba. Sin embargo, al pasillo arriba proferir unas palabras demasiado inconvenientes para ser reproducidas aquí fielmente -¡Ay de mí, que me defenestro todo encima!, transcribiremos en aras de cierta inteligibilidad, donde se deja a la imaginación del lector la substitución del presente del verbo defenestrar por otra palabra más escatológica- quedó clara la motivación real del mozalbete: un colón demasiado irritable le estaba jugando una muy mala pasada y necesitaba urgentemente un retrete en el que… defenestrar. Tan sólo estas pocas palabras oídas del incontenible infante le bastaron a Dante para apiadarse de él y dejar a un lado la inquina que le había cogido en el tramo de ascensión compartido; sí, ese infante incontenible que poco después también fue inconsolable e inaguantable –por el olor que desprendía- a partes iguales, cuando regresó a la estancia portando bien encima la prueba evidente del fracaso de su misión: no había encontrado lugar alguno donde... defenestrar.

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martes, enero 09, 2007

1.16

Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: V. El exceso de celo antesala del desastre (twice revisited)

Entró en la escalera siguiendo los pasos de un imberbe muchacho que ataviado con un uniforme escolar acababa de cruzar el umbral de la portezuela de entrada acarreando a sus espaldas una mochila, cuyo desproporcionado volumen llamó la atención de Dante. Afortunadamente para este, el estudiante iba al mismo piso y cuando ambos al rellano por fin alcanzaron -pues este no se dejaba alcanzar con facilidad- les estaba esperando para darles una cálida bienvenida una puerta entreabierta y sin identificación exterior alguna. Estimulado ante la visión de semejante abertura , se coló en el piso tras el colegial, y cerrando luego la puerta le siguió por un pasillo, decorado por cierto con unos cuadros de un tono mucho mas subido de lo cristianamente aconsejable, hasta una estancia, abarrotada a la sazón de más colegiales, que un tanto alborotados no paraban quietos de un lado a otro zarandeándose entre ellos y profiriendo a grito pelado una obscenidad tras otra a cual más descarada y ofensiva. ¡Vaya, parece que he llegado a tiempo, la lección magistral debe estar a punto de empezar!, se dijo Dante. Y en eso y sólo en eso no erró: le esperaba una lección que no olvidaría en tiempo.

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jueves, enero 04, 2007

1.15

Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: IV. Inusitados problemas educativos reclaman su atención (once revisited)
En uno de los frecuentes viajes del comisario por negocios (este había aprovechado su influencia para emprender con notable éxito una empresa de importación y exportación), Dante quedó, como siempre sucedía en estos casos, a cargo de la prefactura ya que el comisario no se fiaba de los tejes y manejes que en su ausencia pudiera perpetrar el subcomisario. Se hacía obligado por parte de Dante durante estos lapsos cumplir con la más estricta de las inoperancias no fuera a cometer un craso error y hacer allí algo por primera vez útil. Pero, a diferencia de las otras ocasiones, esta vez no hizo caso omiso de un abultado expediente que le llegó a sus manos, en substitución de las del alejado comisario. Dejó a un lado, incomprensiblemente, la juiciosa costumbre de amontonarlos sin más para, al acabar el día, depositarlos en algún rincón libre del suelo del despacho del comisario, atiborrado de expedientes; no importa si fuera su inusitado grosor lo que llamó su atención o quizás la foto de una damisela que, asomándose de entre el resto de la documentación de la carpeta, tuvo a bien extraer y mirar atónito ante su singular hermosa, la cuestión es que osó abrir el susodicho expediente dejando atrás el sentido común e hizo algo insólito y mucho más descabellado si cabe: ¡lo leyó! No daba crédito a, esta, su arriesgadísima acción. Se había jurado que nunca más leería nada con atención (o sin ella) después de las graves secuelas que la educación le habían causado y ahora, poniéndose en peligro de muerte, renunciando a casi el único capricho que se daba últimamente (aparte de untarse de queso fundido los fines de semana mientras tomaba el sol en el terrado de su inmueble) ¡su salud!, seguía el muy incauto atentamente el devenir de una línea de texto y otra más y luego ¡otra más todavía! Estaba, ¡muy mal, muy mal! Ya no le quedaba ni gota de pundonor: !es que no había tenido suficiente con los atroces sufrimientos padecidos en su juventud por culpa de la lectura! (Pero lo peor estaría por llegar: pronto enfermaría como resultado de caer de nuevo en ella -en la lectura, vamos- pero, para entonces, restaría solo, pobre y ¡desempleado!, pues si hubiera querido conservar el puesto debería haber eliminado, por imperativo legal y a toda costa, cualquier atisbo de iniciativa que se le pasara por su imaginación.) Y, sin embargo, en unos pocos minutos finalizó la lectura, obviando, claro está, todas estas consideraciones. (Si esto no es temerario que venga Dios -si es que dispone de un rato libre entre milagro y milagro- y lo vea.)
El expediente en cuestión recogía las denuncias de unos vecinos de un condominio en cuyas dependencias, o más en concreto, en una de ellas, se procedía a impartir enseñanzas no regladas y sin, además, la correspondiente licencia administrativa, necesaria siempre en cualquier caso, esto es, tanto si los estudios servían para algo (raro) como si no (mucho más frecuente). Si bien esta denuncia resultaba insignificante para los turbios asuntos que llegaban a la gendarmería, este era un tema en el que Dante estaba especialmente sensibilizado pues a resultas de una educación, considerada por él nefasta, había llegado a comportarse hasta alcanzar los extremos de corruptela actuales. Decidido entonces a no dejar pasar este asunto, y con miras por una vez altruistas pensado por el futuro bien de la juventud del lugar, dejó la prefactura abandonada a su suerte y se encaminó a la comunidad de vecinos sin saber lo que estaba a punto de venírsele encima.

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