1.18. Interpolación A.1 (o sobre las visiones contemplativas de Dante)
La primera y la más mística de todas aquellas visiones (aunque ahora mismo no sepamos cuáles) que luego de forma incontenible vendrán: La aparición en la sala del angelito –bien empapochado todo él de sus propios (¿podían ser acaso ajenos?) fluidos intestinales– originó en los asistentes unas irrefrenables nauseas, por mera obra y gracia del intenso hedor que este desprendía. Pasados justamente 47 segundos y 2 décimas de producirse su irrupción, todos ellos, a excepción de Dante, estaban vomitando: unos por efecto directo del efluvio, otros soliviantados por la exposición a los vómitos de los primeros y, finalmente, un tercer grupo (el menor en número es justo de reconocer) por mera empatía con los dos anteriores. Dante, en cambio, reaccionó ante ese ofensivo aroma –imbuido por otras pulsiones, por diferentes mecanismos de funcionamiento interno que el resto– retomando ante sus ojos el instante acaecido 3 minutos, 28 segundos y 1 décima de segundo atrás, esto es, el momento en que se había tropezado por primera vez con semejante alhaja. Y a pesar de que nunca se podrán averiguar las causas exactas que le condujeron a semejante visión (más allá del estar hecho de otra pasta, y quizás de una pasta no precisamente excepcional sino lo suficiente receptiva a la miasma como para quedar aturdido por ella de manera que empezara a alucinar sin más), el caso es que Dante estaba reentrando en la escalera, pero ahora ¡la escalera parecía más bien estar entrando en él que al revés! Y, gustos aparte (que los tiene), eso no sucede todos los días, más aún, no sucede nunca, y francamente a estas alturas de la vida de Dante no entendía porqué no sucedía (no será que eso no facilitaría las, por otro siempre farragosas, visitas a inmuebles desconocidos). En todo caso, y con independencia de si la escalera era la que se introducía en el cuerpo de Butor como malamente pudiera –lo de malamente se entiende por la desproporción entre su volumen y el del huésped, Dante Butor para más señas- o si este (con su cuerpo a cuestas) entraba en verdad en la escalera, lo cierto era que en ella se hallaba el muchacho de marras –sí, el culpable de todo este entuerto místico– y que Dante a fin de cuentas seguía sus pasos a pesar de haberse prohibido terminantemente seguir jamás los pasos de alguien, pues ¡qué era eso de arrastrarse, de perseguir la estela de otro ser que no fuera él mismo! Y es que encima, y para mayor patetismo suyo y del azar que lo había propiciado, perseguía, y con cierto enardecimiento incluso, a un colegial, imberbe y un punto enfermizo. Si más adelante pudo apreciar en él signos de indudable corruptela interior –nos referimos, claro está, al asunto del colón irritable–, el síntoma más evidente, el que saltaba a la vista nada más verle, de esta su condición de enfermo, de ser más allá de la ultratumba, era su extrema palidez. Si el hedor de sus intestinos le indujo a un estado contemplativo luego (o ahora pues esta visión retroactiva sucede en presencia del muchacho y de los otros colegiales en la sala), tampoco antes (o ahora porque Dante está en la escalera de nuevo con su mente pese a estar físicamente en la sala) la blancura de su piel fue causa de repulsión, al contrario. Y este comportamiento por él exhibido –extraño, desviado una vez más– esa forma de sentir tan enrarecida, notando como la escalera se introducía en su cuerpo, como ya no más seguía los pasos de un estudiante (al que, para ser sinceros, buscaba con la mirada) sino que ¡los pasos de este le seguían a él!, que más adelante había sido realmente el rellano el único que se había acercado a ellos dos (absortos en el fondo el uno del otro, el uno en el otro), y no al revés, y que, de igual manera, ellos dos (enardecidos mutuamente) esperaban a la puerta del piso donde luego unos cuadros plagados de inacabables posturas, de interesantes combinaciones de encaje (aunque de difícil ejecución) entre dos, tres… ¡veintitrés cuerpos!, se les habían acercado para dejarse ver sin pudor ni reservas algunas, sí, este comportamiento reflejaba una verdad, su verdad y no la de ningún otro, y pese que a esta forma de ser y sentir sería considerada (si fuera [re]conocida) aberrante, y al borde de la locura, por la mayoría, en Dante no suponía más que un origen, no representaba un final, era el principio en él de lo que después habría de venir, de lo que habría de ser, el punto de partida de una vida plena, auténtica… única.
Etiquetas: Dante exhibe un misticismo inexcusable