A cuatro manos y tres pies

o sobre los estrafalarios avatares de Dante Butor

martes, marzo 20, 2007

1.19.1


Memorias de la Santísima Trinidad por Narcisso Speculando (I. una revelación impulsada por el sanctum praeputium).

Soy Narcisso Speculando, aquel que ha sentido al fin la Llamada; aun siendo ya demasiado viejo –de unos entradísimos en carnes, y siendo exactos, ochenta y seis años, a pesar de gozar del aspecto de un infante– para iniciar nada, he sentido paradójicamente un impulso súbito, un arrojo encendido que no debo dudar ha sido propiciado por el sanctum praeputium –magna reliquia divina que obra en mi poder desde unos sucesos acaecidos cuarenta años atrás en la catedral de Le Puy-en-Velay y que más adelante espero relatarles. Y esta energía atroz me impele a dejar atrás mis períodos oscuros –la práctica totalidad de mis días–, años, vida, en esencia, de absorta contemplación de mi inigualable imagen, de perdido amor a mí mismo, fruto quizás de ser incapaz, o directamente de no querer abandonar la vida de niño de la que tanto gocé y que luego he intentado reproducir en cada una de las subsiguientes etapas de mi existencia, hasta el punto que podría pensar –si no fuera por padecer una extrañísima enfermedad, glandular y congénita, signo distintivo, cáncer y a la vez gloria, de toda nuestra estirpe, que nos hacer primero crecer y más adelante languidecer convirtiéndonos en seres cada vez más jóvenes a medida que pasan los años– que mi estado actual es consecuencia lógica y buscada por todos y cada uno de mis actos. Pues bien, creo que ha llegado la hora, la hora de revelaros algo capital aunque sea viniendo de mí y además sobre mí: es, será el misterio más grande que existe, existirá y, por ende, un dogma de fe incuestionable, una verdad que deberéis creer a pie juntillas (incluso aquellos que carezcan de pies que juntar) si os consideráis cristianos de verdad. Como misterio suma escondido no ha podido ser conocido hasta este momento, momento de su Revelación hecha por mí, y es tal su profundidad que aún después de que hayáis pasado por él, de haberlo vivido plenamente, el entendimiento por sí solo no podrá bastaros para comprenderlo, penetrarlo ni abarcarlo en su totalidad. Este misterio se puede resumir en que: yo, Narcisso, soy uno en tres personas, soy un solo y único, que es a la vez Padre Creador, que es además Hijo Redentor y que es finalmente Espíritu Santo. Confío entonces, pues no hay ni habrá otra forma posible de abordarlo, que vuestro entendimiento sea iluminado por una fe, renovada y aumentada gracias a las palabras mías que a renglón seguido –y algo torcido pues parezco de temblores– me propongo transcribir. Para ello bastará que os acerquéis puros, sin prejuicio alguno, al misterio de una vida íntima, la mía que es Una y a la vez Trina (incluso cuando enmudezco). Sí, es verdad, no lo voy a negar por más tiempo: soy tres Personas distintas en un sólo cuerpo, y esta revelación de mi más íntima esencia debería ser para vosotros suficiente como para empezar a adorar de inmediato, y sin más dilación, a esas Tres Personas que hay en mí. Si no lo es, me gustaría convenceros a través de la sucinta memoria sobre mi azarosa vida que me propongo contaros en lo que sigue.

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viernes, marzo 16, 2007

1.19


Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: El reconocimiento de la Santísima Trinidad encarnada bajo la apariencia del infante conocido por el nombre de Narcisso Speculando.

Tras volver a la sala de su particular viaje, Dante (o más bien, y en representación suya, la voz de la conciencia) concluyó raudo –en un gesto de introspección demasiado sincera y así harto innecesaria– que tanto su posición física como sus vicios de antaño se habían mantenido intactos en esa mística marcha y una culpa, una grandísima culpa, le invadió en la mayor parte del lóbulo temporal izquierdo de su neocortex (al resto del lóbulo le suponemos un gran valor por resistirse, por no achantarse ante semejante incursión pueril). Y es que se decía –en concreto, unos treinta y cuatro minutos atrás– del todo reformado: un hombre nuevo con renovada conciencia moral y en posesión de unos valores que nunca antes había mantenido nada más que tres o dieciocho segundos (3 en aquellos casos de los valores más cristianos y 18 en el resto). Sin embargo, bien fuera antes o justo después de esa visión hedionda, algo había cambiado en sus adentros: no lo podía negar por más tiempo, ¡tenía conciencia!, ¡y en buena hora le aparecía! Sí, no sólo tenía una –una, porque es bien sabido que conciencia no hay más que una, ¿o era otra cosa?–, sino que además era grande –grande (aunque no lo suficiente como para tener una conciencia católicamente admisible), a razón de la zona neuronal que había resonado avisándole del acto sobremanera impuro que acababa de cometer– y también libre –libre porque esta no se había guardado de importunarle en un momento tan poco pertinente, esto es, en acto de servicio. Dante, misticismos aparte, se sentía –el muy criminal– libidinoso de nuevo en presencia de un menor –recordemos sus escarceos frente al portal de Les Filles de María Auxiliatrice– y a la sazón, con la conciencia ya adquirida, comenzaba a sentir incluso… ¡remordimientos! Pero había algo, otra voz interior que no supo cómo llamar entonces (aunque se le vinieran a la mente más tarde, y sin previo aviso, los nombres de Josquin o Johannes, por citar sólo un par que empiezan por J) y que se atrevía a sugerirle lo siguiente: el infante de sus ojos (y azoramientos varios) únicamente era tal infante en apariencia porque debía tener al menos… ¡40 ó 50 años (y eso tirando corto)! Y eso –semejante pensamiento, vamos– sí que le asustó. Aunque para susto el que luego se llevó al caer en sus manos –directamente desde la mochila del infante en cuestión y por motivos que más tarde esperamos aclarar– un librejo manuscrito cuyo título rezaba (y eso a pesar de su agnosticismo) ‘Memorias de la Santísima Trinidad por Narcisso Speculando’, susto pues había estado desde entrar al inmueble, y sin levantar el más leve signo de sospecha, en presencia de… ¡la mismísima Santísima Trinidad! Y para más inri pronto pudo comprobar, al iniciar la lectura del escrito, que... ¡efectivamente esa voz interior que bien pudiera responder al nombre de Josquin o Johannes (dudaba todavía entre uno de los dos nombres) estaba en lo cierto! ¡El infante tenía en verdad la edad de un anciano!

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sábado, marzo 03, 2007

1.18. Interpolación A.1 (o sobre las visiones contemplativas de Dante)

La primera y la más mística de todas aquellas visiones (aunque ahora mismo no sepamos cuáles) que luego de forma incontenible vendrán: La aparición en la sala del angelito –bien empapochado todo él de sus propios (¿podían ser acaso ajenos?) fluidos intestinales– originó en los asistentes unas irrefrenables nauseas, por mera obra y gracia del intenso hedor que este desprendía. Pasados justamente 47 segundos y 2 décimas de producirse su irrupción, todos ellos, a excepción de Dante, estaban vomitando: unos por efecto directo del efluvio, otros soliviantados por la exposición a los vómitos de los primeros y, finalmente, un tercer grupo (el menor en número es justo de reconocer) por mera empatía con los dos anteriores. Dante, en cambio, reaccionó ante ese ofensivo aroma –imbuido por otras pulsiones, por diferentes mecanismos de funcionamiento interno que el resto– retomando ante sus ojos el instante acaecido 3 minutos, 28 segundos y 1 décima de segundo atrás, esto es, el momento en que se había tropezado por primera vez con semejante alhaja. Y a pesar de que nunca se podrán averiguar las causas exactas que le condujeron a semejante visión (más allá del estar hecho de otra pasta, y quizás de una pasta no precisamente excepcional sino lo suficiente receptiva a la miasma como para quedar aturdido por ella de manera que empezara a alucinar sin más), el caso es que Dante estaba reentrando en la escalera, pero ahora ¡la escalera parecía más bien estar entrando en él que al revés! Y, gustos aparte (que los tiene), eso no sucede todos los días, más aún, no sucede nunca, y francamente a estas alturas de la vida de Dante no entendía porqué no sucedía (no será que eso no facilitaría las, por otro siempre farragosas, visitas a inmuebles desconocidos). En todo caso, y con independencia de si la escalera era la que se introducía en el cuerpo de Butor como malamente pudiera –lo de malamente se entiende por la desproporción entre su volumen y el del huésped, Dante Butor para más señas- o si este (con su cuerpo a cuestas) entraba en verdad en la escalera, lo cierto era que en ella se hallaba el muchacho de marras –sí, el culpable de todo este entuerto místico– y que Dante a fin de cuentas seguía sus pasos a pesar de haberse prohibido terminantemente seguir jamás los pasos de alguien, pues ¡qué era eso de arrastrarse, de perseguir la estela de otro ser que no fuera él mismo! Y es que encima, y para mayor patetismo suyo y del azar que lo había propiciado, perseguía, y con cierto enardecimiento incluso, a un colegial, imberbe y un punto enfermizo. Si más adelante pudo apreciar en él signos de indudable corruptela interior –nos referimos, claro está, al asunto del colón irritable–, el síntoma más evidente, el que saltaba a la vista nada más verle, de esta su condición de enfermo, de ser más allá de la ultratumba, era su extrema palidez. Si el hedor de sus intestinos le indujo a un estado contemplativo luego (o ahora pues esta visión retroactiva sucede en presencia del muchacho y de los otros colegiales en la sala), tampoco antes (o ahora porque Dante está en la escalera de nuevo con su mente pese a estar físicamente en la sala) la blancura de su piel fue causa de repulsión, al contrario. Y este comportamiento por él exhibido –extraño, desviado una vez más– esa forma de sentir tan enrarecida, notando como la escalera se introducía en su cuerpo, como ya no más seguía los pasos de un estudiante (al que, para ser sinceros, buscaba con la mirada) sino que ¡los pasos de este le seguían a él!, que más adelante había sido realmente el rellano el único que se había acercado a ellos dos (absortos en el fondo el uno del otro, el uno en el otro), y no al revés, y que, de igual manera, ellos dos (enardecidos mutuamente) esperaban a la puerta del piso donde luego unos cuadros plagados de inacabables posturas, de interesantes combinaciones de encaje (aunque de difícil ejecución) entre dos, tres… ¡veintitrés cuerpos!, se les habían acercado para dejarse ver sin pudor ni reservas algunas, sí, este comportamiento reflejaba una verdad, su verdad y no la de ningún otro, y pese que a esta forma de ser y sentir sería considerada (si fuera [re]conocida) aberrante, y al borde de la locura, por la mayoría, en Dante no suponía más que un origen, no representaba un final, era el principio en él de lo que después habría de venir, de lo que habría de ser, el punto de partida de una vida plena, auténtica… única.

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