1.19.1

Memorias de la Santísima Trinidad por Narcisso Speculando (I. una revelación impulsada por el sanctum praeputium).
Soy Narcisso Speculando, aquel que ha sentido al fin la Llamada; aun siendo ya demasiado viejo –de unos entradísimos en carnes, y siendo exactos, ochenta y seis años, a pesar de gozar del aspecto de un infante– para iniciar nada, he sentido paradójicamente un impulso súbito, un arrojo encendido que no debo dudar ha sido propiciado por el sanctum praeputium –magna reliquia divina que obra en mi poder desde unos sucesos acaecidos cuarenta años atrás en la catedral de Le Puy-en-Velay y que más adelante espero relatarles. Y esta energía atroz me impele a dejar atrás mis períodos oscuros –la práctica totalidad de mis días–, años, vida, en esencia, de absorta contemplación de mi inigualable imagen, de perdido amor a mí mismo, fruto quizás de ser incapaz, o directamente de no querer abandonar la vida de niño de la que tanto gocé y que luego he intentado reproducir en cada una de las subsiguientes etapas de mi existencia, hasta el punto que podría pensar –si no fuera por padecer una extrañísima enfermedad, glandular y congénita, signo distintivo, cáncer y a la vez gloria, de toda nuestra estirpe, que nos hacer primero crecer y más adelante languidecer convirtiéndonos en seres cada vez más jóvenes a medida que pasan los años– que mi estado actual es consecuencia lógica y buscada por todos y cada uno de mis actos. Pues bien, creo que ha llegado la hora, la hora de revelaros algo capital aunque sea viniendo de mí y además sobre mí: es, será el misterio más grande que existe, existirá y, por ende, un dogma de fe incuestionable, una verdad que deberéis creer a pie juntillas (incluso aquellos que carezcan de pies que juntar) si os consideráis cristianos de verdad. Como misterio suma escondido no ha podido ser conocido hasta este momento, momento de su Revelación hecha por mí, y es tal su profundidad que aún después de que hayáis pasado por él, de haberlo vivido plenamente, el entendimiento por sí solo no podrá bastaros para comprenderlo, penetrarlo ni abarcarlo en su totalidad. Este misterio se puede resumir en que: yo, Narcisso, soy uno en tres personas, soy un solo y único, que es a la vez Padre Creador, que es además Hijo Redentor y que es finalmente Espíritu Santo. Confío entonces, pues no hay ni habrá otra forma posible de abordarlo, que vuestro entendimiento sea iluminado por una fe, renovada y aumentada gracias a las palabras mías que a renglón seguido –y algo torcido pues parezco de temblores– me propongo transcribir. Para ello bastará que os acerquéis puros, sin prejuicio alguno, al misterio de una vida íntima, la mía que es Una y a la vez Trina (incluso cuando enmudezco). Sí, es verdad, no lo voy a negar por más tiempo: soy tres Personas distintas en un sólo cuerpo, y esta revelación de mi más íntima esencia debería ser para vosotros suficiente como para empezar a adorar de inmediato, y sin más dilación, a esas Tres Personas que hay en mí. Si no lo es, me gustaría convenceros a través de la sucinta memoria sobre mi azarosa vida que me propongo contaros en lo que sigue.
Soy Narcisso Speculando, aquel que ha sentido al fin la Llamada; aun siendo ya demasiado viejo –de unos entradísimos en carnes, y siendo exactos, ochenta y seis años, a pesar de gozar del aspecto de un infante– para iniciar nada, he sentido paradójicamente un impulso súbito, un arrojo encendido que no debo dudar ha sido propiciado por el sanctum praeputium –magna reliquia divina que obra en mi poder desde unos sucesos acaecidos cuarenta años atrás en la catedral de Le Puy-en-Velay y que más adelante espero relatarles. Y esta energía atroz me impele a dejar atrás mis períodos oscuros –la práctica totalidad de mis días–, años, vida, en esencia, de absorta contemplación de mi inigualable imagen, de perdido amor a mí mismo, fruto quizás de ser incapaz, o directamente de no querer abandonar la vida de niño de la que tanto gocé y que luego he intentado reproducir en cada una de las subsiguientes etapas de mi existencia, hasta el punto que podría pensar –si no fuera por padecer una extrañísima enfermedad, glandular y congénita, signo distintivo, cáncer y a la vez gloria, de toda nuestra estirpe, que nos hacer primero crecer y más adelante languidecer convirtiéndonos en seres cada vez más jóvenes a medida que pasan los años– que mi estado actual es consecuencia lógica y buscada por todos y cada uno de mis actos. Pues bien, creo que ha llegado la hora, la hora de revelaros algo capital aunque sea viniendo de mí y además sobre mí: es, será el misterio más grande que existe, existirá y, por ende, un dogma de fe incuestionable, una verdad que deberéis creer a pie juntillas (incluso aquellos que carezcan de pies que juntar) si os consideráis cristianos de verdad. Como misterio suma escondido no ha podido ser conocido hasta este momento, momento de su Revelación hecha por mí, y es tal su profundidad que aún después de que hayáis pasado por él, de haberlo vivido plenamente, el entendimiento por sí solo no podrá bastaros para comprenderlo, penetrarlo ni abarcarlo en su totalidad. Este misterio se puede resumir en que: yo, Narcisso, soy uno en tres personas, soy un solo y único, que es a la vez Padre Creador, que es además Hijo Redentor y que es finalmente Espíritu Santo. Confío entonces, pues no hay ni habrá otra forma posible de abordarlo, que vuestro entendimiento sea iluminado por una fe, renovada y aumentada gracias a las palabras mías que a renglón seguido –y algo torcido pues parezco de temblores– me propongo transcribir. Para ello bastará que os acerquéis puros, sin prejuicio alguno, al misterio de una vida íntima, la mía que es Una y a la vez Trina (incluso cuando enmudezco). Sí, es verdad, no lo voy a negar por más tiempo: soy tres Personas distintas en un sólo cuerpo, y esta revelación de mi más íntima esencia debería ser para vosotros suficiente como para empezar a adorar de inmediato, y sin más dilación, a esas Tres Personas que hay en mí. Si no lo es, me gustaría convenceros a través de la sucinta memoria sobre mi azarosa vida que me propongo contaros en lo que sigue.



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