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Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: III. las recompensas de un ejercicio honrado (twice revisited)
Acabó sus estudios de la academia, cómo no, con honores, ¡quién sino podía estar a la altura de la siempre exigente y escrupulosa formación policial! Por ello, no le fue difícil encontrar un puesto adecuado a sus probadas aptitudes; de entre todas las ofertas, decidió aceptar aquella que se prometía con más proyección: ayudante del sub-comisario en una prefactura. Esta, encuadrada dentro de tranquilo suburbio ubicado en la periferia de la metrópolis, se tenía por un modelo a seguir en la gendarmería (a continuación se entenderá porqué). Pronto, con el pasar de las semanas en ese nuevo y flamante puesto, notó como su pasado le resultaba cada vez más presente que nunca, dispuesto como estaba a salir por sus fueros habituales, esto es, la exhibición de una heterodoxia que se convertía, con frecuencia, en meros ejercicios de depravación y amoralidad. Y, sin embargo, no era allí infrecuente semejante comportamiento. Bajo una capa que proporcionaba la apariencia de una realidad anodina y tranquila, se ocultaban sistemáticamente hechos sobre los que nadie estaba interesado en reparar, bien porque estuvieran implicados de forma directa o porque les pudiera salpicar, a resultas, de rebote. El comisario, sin ir más lejos, estaba al frente de toda esa mascarada; él era siempre el primero que día tras día se encargaba de neutralizar cualquier actuación inminente de la prefactura, avisando de forma anónima y con suficiente antelación a los involucrados en las denuncias que llevaban a sus manos. Dante, claro está, le secundaba sin reservas, aunque eso sí con cierto disimulo; prefería no darse por enterado, hacerse el despistado sobre los trapicheos y maniobras de su superior para evitar que criminal alguno fuera detenido en la zona bajo su mando: pretendía así camuflarse para realizar sus propios desmanes discretamente. Con el tiempo, y a fuerza de insistir en un comportamiento en apariencia francamente imbécil, se ganó el merecido título de tonto mayor del reino, no sin cierta incredulidad por parte del comisario; este, que no creía ya posible todavía la existencia en este mundo cruel de semejantes calibre de borricos soltados a pastar así sin más objeto que perderse a las primeras de cambio, dudaba que Dante no simulara en verdad tales despropósitos ya que justamente lo habían fichado por llegarle a sus oídos los excesos cometidos por él en la academia. También, y sin esperarlo, Dante se ganó algo más meritorio: un ascenso a ayudante del comisario, el cual necesitaba reemplazar al anterior, sacrificado como cabeza de turco en una de esas investigaciones internas a las que la prefactura se veía sometida con cierta periodicidad -cada 3 horas y 15 minutos para ser precisos- debido a la fama de corruptos (merecida, ganada a pulso) que tenían. Si Dante, pensó el comisario, resultaba en ese puesto el pelele que todos allí le suponían, perfecto; si por el contrario sólo disimulaba y estaba bien al corriente de la realidad de la prefactura, mucho mejor.
Etiquetas: Con la honradez se puede llegar muy lejos muy lejos (en concreto a la vuelta de la esquina)



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