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Roseamount Place, todavía con la sonrisa en su rostro al recordar los desórdenes y desmanes varios perpetrados la noche de autos, no pudo evitar, nada más entrar en el despacho, tropezar con su mirada y, de paso, con un estrafalario sobre fluorescente cuidadosamente colocado en el centro geométrico de su mesa.
Mi bien estimada Rossie,
¿Has perdido el poco juicio que te quedaba? ¿De qué páginas me hablas? ¿No habrás osado de nuevo hurgar entre mis borradores? ¿Es que no puedes dejar de meter tus pestilentes narices en mis decisiones? Deberías tener claro que esas grabaciones mías que obran en tu poder no te dan derecho a someterme bajo el más ligero control tuyo en los casos que juzgo. Si persistes en tu actitud, atente a las consecuencias (yo también poseo videos tuyos, y en ellos apareces en posiciones todavía más comprometidas y ridículas).
Respecto a tus sugerencias: métetelas donde mejor te quepan (aunque los dos sepamos ya el emplazamiento idóneo en tu nauseabundo organismo que mejor sirve a modo de repositorio).
Por lo que a mí se refiere, y para variar, haré lo que me dé la real gana. Tenía pensado la pena capital. Sino, ¡que se hubiera pensado mejor lo de casarse con mayúsculo gilipollas!
Por último: vete, cuanto menos, a freír espárragos; el resto del menú lo dejo a tu, siempre acertada, elección.
Muy sinceramente,
Jon-ny (sin fusil que coger, por el momento)
Repasó de nuevo la carta como si esperara que esta variara su contenido al percatarse de que el mensaje allí escrito le había desagrado a su destinatario profundamente. Este era, dicho de paso, un anhelo demente, imposible de satisfacer, o quizás no tanto, pensó entonces la carta: si las personas se comportaban así con bastante frecuencia por qué ella iba a ser menos. Sin embargo, todas y cada una de las palabras, por ser demasiado hilarantes para ser modificadas de forma improvisada, permanecieron en el mismo lugar en la rápida relectura efectuada.
No quería dar crédito a las palabras, de nuevo leídas, porque eran una prueba irrefutable de que el juez no estaba en sus cabales, y eso resultaba muy peligroso a sus intereses: ¿cómo pretendía aumentar desmesurada e injustificadamente la pena que el fiscal pediría en el juicio? Sin lugar a dudas, este sería otro caso a añadir a una ya larga lista de procesos del juez que, por culpa de sus continuadas irregularidades, habían sido impugnados al Tribunal Supremo. Unas vez más, periodistas venidos de todo el país planearían como buitres en la ciudad para sonsacar a los susceptibles habitantes de la ciudad nuevas y sangrantes anécdotas sobre el singular juez. ¡Esta vez tenía que pararle los pies! ¡Le robaría las pruebas que tenía en su contra! Así podría al fin chantajearle como era debido. Para semejante empresa, y puesto que él no debía implicarse directamente, pensó en Dante Butor, renombrado marchante de arte y, por consiguiente, contumaz ladrón, que le debía unos cuantos favores.
Roseamount Place, todavía con la sonrisa en su rostro al recordar los desórdenes y desmanes varios perpetrados la noche de autos, no pudo evitar, nada más entrar en el despacho, tropezar con su mirada y, de paso, con un estrafalario sobre fluorescente cuidadosamente colocado en el centro geométrico de su mesa.Mi bien estimada Rossie,
¿Has perdido el poco juicio que te quedaba? ¿De qué páginas me hablas? ¿No habrás osado de nuevo hurgar entre mis borradores? ¿Es que no puedes dejar de meter tus pestilentes narices en mis decisiones? Deberías tener claro que esas grabaciones mías que obran en tu poder no te dan derecho a someterme bajo el más ligero control tuyo en los casos que juzgo. Si persistes en tu actitud, atente a las consecuencias (yo también poseo videos tuyos, y en ellos apareces en posiciones todavía más comprometidas y ridículas).
Respecto a tus sugerencias: métetelas donde mejor te quepan (aunque los dos sepamos ya el emplazamiento idóneo en tu nauseabundo organismo que mejor sirve a modo de repositorio).
Por lo que a mí se refiere, y para variar, haré lo que me dé la real gana. Tenía pensado la pena capital. Sino, ¡que se hubiera pensado mejor lo de casarse con mayúsculo gilipollas!
Por último: vete, cuanto menos, a freír espárragos; el resto del menú lo dejo a tu, siempre acertada, elección.
Muy sinceramente,
Jon-ny (sin fusil que coger, por el momento)
Repasó de nuevo la carta como si esperara que esta variara su contenido al percatarse de que el mensaje allí escrito le había desagrado a su destinatario profundamente. Este era, dicho de paso, un anhelo demente, imposible de satisfacer, o quizás no tanto, pensó entonces la carta: si las personas se comportaban así con bastante frecuencia por qué ella iba a ser menos. Sin embargo, todas y cada una de las palabras, por ser demasiado hilarantes para ser modificadas de forma improvisada, permanecieron en el mismo lugar en la rápida relectura efectuada.
No quería dar crédito a las palabras, de nuevo leídas, porque eran una prueba irrefutable de que el juez no estaba en sus cabales, y eso resultaba muy peligroso a sus intereses: ¿cómo pretendía aumentar desmesurada e injustificadamente la pena que el fiscal pediría en el juicio? Sin lugar a dudas, este sería otro caso a añadir a una ya larga lista de procesos del juez que, por culpa de sus continuadas irregularidades, habían sido impugnados al Tribunal Supremo. Unas vez más, periodistas venidos de todo el país planearían como buitres en la ciudad para sonsacar a los susceptibles habitantes de la ciudad nuevas y sangrantes anécdotas sobre el singular juez. ¡Esta vez tenía que pararle los pies! ¡Le robaría las pruebas que tenía en su contra! Así podría al fin chantajearle como era debido. Para semejante empresa, y puesto que él no debía implicarse directamente, pensó en Dante Butor, renombrado marchante de arte y, por consiguiente, contumaz ladrón, que le debía unos cuantos favores.
Etiquetas: El sistema judicial muy juicioso como viene siendo la costumbre



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