A cuatro manos y tres pies

o sobre los estrafalarios avatares de Dante Butor

jueves, enero 04, 2007

1.15

Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: IV. Inusitados problemas educativos reclaman su atención (once revisited)
En uno de los frecuentes viajes del comisario por negocios (este había aprovechado su influencia para emprender con notable éxito una empresa de importación y exportación), Dante quedó, como siempre sucedía en estos casos, a cargo de la prefactura ya que el comisario no se fiaba de los tejes y manejes que en su ausencia pudiera perpetrar el subcomisario. Se hacía obligado por parte de Dante durante estos lapsos cumplir con la más estricta de las inoperancias no fuera a cometer un craso error y hacer allí algo por primera vez útil. Pero, a diferencia de las otras ocasiones, esta vez no hizo caso omiso de un abultado expediente que le llegó a sus manos, en substitución de las del alejado comisario. Dejó a un lado, incomprensiblemente, la juiciosa costumbre de amontonarlos sin más para, al acabar el día, depositarlos en algún rincón libre del suelo del despacho del comisario, atiborrado de expedientes; no importa si fuera su inusitado grosor lo que llamó su atención o quizás la foto de una damisela que, asomándose de entre el resto de la documentación de la carpeta, tuvo a bien extraer y mirar atónito ante su singular hermosa, la cuestión es que osó abrir el susodicho expediente dejando atrás el sentido común e hizo algo insólito y mucho más descabellado si cabe: ¡lo leyó! No daba crédito a, esta, su arriesgadísima acción. Se había jurado que nunca más leería nada con atención (o sin ella) después de las graves secuelas que la educación le habían causado y ahora, poniéndose en peligro de muerte, renunciando a casi el único capricho que se daba últimamente (aparte de untarse de queso fundido los fines de semana mientras tomaba el sol en el terrado de su inmueble) ¡su salud!, seguía el muy incauto atentamente el devenir de una línea de texto y otra más y luego ¡otra más todavía! Estaba, ¡muy mal, muy mal! Ya no le quedaba ni gota de pundonor: !es que no había tenido suficiente con los atroces sufrimientos padecidos en su juventud por culpa de la lectura! (Pero lo peor estaría por llegar: pronto enfermaría como resultado de caer de nuevo en ella -en la lectura, vamos- pero, para entonces, restaría solo, pobre y ¡desempleado!, pues si hubiera querido conservar el puesto debería haber eliminado, por imperativo legal y a toda costa, cualquier atisbo de iniciativa que se le pasara por su imaginación.) Y, sin embargo, en unos pocos minutos finalizó la lectura, obviando, claro está, todas estas consideraciones. (Si esto no es temerario que venga Dios -si es que dispone de un rato libre entre milagro y milagro- y lo vea.)
El expediente en cuestión recogía las denuncias de unos vecinos de un condominio en cuyas dependencias, o más en concreto, en una de ellas, se procedía a impartir enseñanzas no regladas y sin, además, la correspondiente licencia administrativa, necesaria siempre en cualquier caso, esto es, tanto si los estudios servían para algo (raro) como si no (mucho más frecuente). Si bien esta denuncia resultaba insignificante para los turbios asuntos que llegaban a la gendarmería, este era un tema en el que Dante estaba especialmente sensibilizado pues a resultas de una educación, considerada por él nefasta, había llegado a comportarse hasta alcanzar los extremos de corruptela actuales. Decidido entonces a no dejar pasar este asunto, y con miras por una vez altruistas pensado por el futuro bien de la juventud del lugar, dejó la prefactura abandonada a su suerte y se encaminó a la comunidad de vecinos sin saber lo que estaba a punto de venírsele encima.

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