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Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: El reconocimiento de la Santísima Trinidad encarnada bajo la apariencia del infante conocido por el nombre de Narcisso Speculando.
Tras volver a la sala de su particular viaje, Dante (o más bien, y en representación suya, la voz de la conciencia) concluyó raudo –en un gesto de introspección demasiado sincera y así harto innecesaria– que tanto su posición física como sus vicios de antaño se habían mantenido intactos en esa mística marcha y una culpa, una grandísima culpa, le invadió en la mayor parte del lóbulo temporal izquierdo de su neocortex (al resto del lóbulo le suponemos un gran valor por resistirse, por no achantarse ante semejante incursión pueril). Y es que se decía –en concreto, unos treinta y cuatro minutos atrás– del todo reformado: un hombre nuevo con renovada conciencia moral y en posesión de unos valores que nunca antes había mantenido nada más que tres o dieciocho segundos (3 en aquellos casos de los valores más cristianos y 18 en el resto). Sin embargo, bien fuera antes o justo después de esa visión hedionda, algo había cambiado en sus adentros: no lo podía negar por más tiempo, ¡tenía conciencia!, ¡y en buena hora le aparecía! Sí, no sólo tenía una –una, porque es bien sabido que conciencia no hay más que una, ¿o era otra cosa?–, sino que además era grande –grande (aunque no lo suficiente como para tener una conciencia católicamente admisible), a razón de la zona neuronal que había resonado avisándole del acto sobremanera impuro que acababa de cometer– y también libre –libre porque esta no se había guardado de importunarle en un momento tan poco pertinente, esto es, en acto de servicio. Dante, misticismos aparte, se sentía –el muy criminal– libidinoso de nuevo en presencia de un menor –recordemos sus escarceos frente al portal de Les Filles de María Auxiliatrice– y a la sazón, con la conciencia ya adquirida, comenzaba a sentir incluso… ¡remordimientos! Pero había algo, otra voz interior que no supo cómo llamar entonces (aunque se le vinieran a la mente más tarde, y sin previo aviso, los nombres de Josquin o Johannes, por citar sólo un par que empiezan por J) y que se atrevía a sugerirle lo siguiente: el infante de sus ojos (y azoramientos varios) únicamente era tal infante en apariencia porque debía tener al menos… ¡40 ó 50 años (y eso tirando corto)! Y eso –semejante pensamiento, vamos– sí que le asustó. Aunque para susto el que luego se llevó al caer en sus manos –directamente desde la mochila del infante en cuestión y por motivos que más tarde esperamos aclarar– un librejo manuscrito cuyo título rezaba (y eso a pesar de su agnosticismo) ‘Memorias de la Santísima Trinidad por Narcisso Speculando’, susto pues había estado desde entrar al inmueble, y sin levantar el más leve signo de sospecha, en presencia de… ¡la mismísima Santísima Trinidad! Y para más inri pronto pudo comprobar, al iniciar la lectura del escrito, que... ¡efectivamente esa voz interior que bien pudiera responder al nombre de Josquin o Johannes (dudaba todavía entre uno de los dos nombres) estaba en lo cierto! ¡El infante tenía en verdad la edad de un anciano!
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