A cuatro manos y tres pies

o sobre los estrafalarios avatares de Dante Butor

sábado, noviembre 11, 2006

1.11
Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: I. sus inicios en la desdicha
Butor procedía de una digna estirpe aunque venida a menos, la de los Butor de la región de Nord-Pas de Calais en Francia. Las cosas se torcieron para los Butor cuando su padre Jean Pierre, el patriarca del clan y propietario de diversas industrias metalúrgicas y textiles, empezó a comportarse de forma extraña al quebrar algunas de sus empresas debido a una importante recesión económica que afectó por igual a toda la región. Ese peculiar comportamiento incluía entre otros: aullar con insistencia por las noches de luna llena desde la atalaya de la mansión de los Butor, o presentarse a los consejos de administración de sus empresas vestido sólo con ropa interior femenina (eso sí procuraba ir conjuntado y luciendo siempre unas excitantes ligas de diseño propio que le hicieron muy popular entre sus empleados).

Dichas extravagancias no dejaron indiferente al, por entonces, joven adulto Dante que, con fines imitativos, inició por su cuenta y riesgo unos sinuosos merodeos por los alrededores del colegio para señoritas de Les Filles de María Auxiliatrice, ataviado exclusivamente con una gabardina ribeteada, a modo de sincero homenaje a su progenitor, con encajes de color rojo, en busca del momento propicio para lucirse delante de las damiselas. Pese a que durante un tiempo sus actividades fueron bien recibidas por toda la comunidad educativa, acabó siendo denunciado por una de las niñas (muy decepcionada al parecer por los atributos del exhibicionista) a la Madre Superiora de la orden, y esta, ciertamente demasiado severa, lo hizo a su vez a las autoridades, pero para entonces, alertado antes por el portero del colegio que le consideraba un modelo a seguir, Dante se había dado a la fuga.

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sábado, noviembre 04, 2006

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Roseamount Place, todavía con la sonrisa en su rostro al recordar los desórdenes y desmanes varios perpetrados la noche de autos, no pudo evitar, nada más entrar en el despacho, tropezar con su mirada y, de paso, con un estrafalario sobre fluorescente cuidadosamente colocado en el centro geométrico de su mesa.


Mi bien estimada Rossie,

¿Has perdido el poco juicio que te quedaba? ¿De qué páginas me hablas? ¿No habrás osado de nuevo hurgar entre mis borradores? ¿Es que no puedes dejar de meter tus pestilentes narices en mis decisiones? Deberías tener claro que esas grabaciones mías que obran en tu poder no te dan derecho a someterme bajo el más ligero control tuyo en los casos que juzgo. Si persistes en tu actitud, atente a las consecuencias (yo también poseo videos tuyos, y en ellos apareces en posiciones todavía más comprometidas y ridículas).


Respecto a tus sugerencias: métetelas donde mejor te quepan (aunque los dos sepamos ya el emplazamiento idóneo en tu nauseabundo organismo que mejor sirve a modo de repositorio).

Por lo que a mí se refiere, y para variar, haré lo que me dé la real gana. Tenía pensado la pena capital. Sino, ¡que se hubiera pensado mejor lo de casarse con mayúsculo gilipollas!

Por último: vete, cuanto menos, a freír espárragos; el resto del menú lo dejo a tu, siempre acertada, elección.

Muy sinceramente,

Jon-ny (sin fusil que coger, por el momento)



Repasó de nuevo la carta como si esperara que esta variara su contenido al percatarse de que el mensaje allí escrito le había desagrado a su destinatario profundamente. Este era, dicho de paso, un anhelo demente, imposible de satisfacer, o quizás no tanto, pensó entonces la carta: si las personas se comportaban así con bastante frecuencia por qué ella iba a ser menos. Sin embargo, todas y cada una de las palabras, por ser demasiado hilarantes para ser modificadas de forma improvisada, permanecieron en el mismo lugar en la rápida relectura efectuada.

No quería dar crédito a las palabras, de nuevo leídas, porque eran una prueba irrefutable de que el juez no estaba en sus cabales, y eso resultaba muy peligroso a sus intereses: ¿cómo pretendía aumentar desmesurada e injustificadamente la pena que el fiscal pediría en el juicio? Sin lugar a dudas, este sería otro caso a añadir a una ya larga lista de procesos del juez que, por culpa de sus continuadas irregularidades, habían sido impugnados al Tribunal Supremo. Unas vez más, periodistas venidos de todo el país planearían como buitres en la ciudad para sonsacar a los susceptibles habitantes de la ciudad nuevas y sangrantes anécdotas sobre el singular juez. ¡Esta vez tenía que pararle los pies! ¡Le robaría las pruebas que tenía en su contra! Así podría al fin chantajearle como era debido. Para semejante empresa, y puesto que él no debía implicarse directamente, pensó en Dante Butor, renombrado marchante de arte y, por consiguiente, contumaz ladrón, que le debía unos cuantos favores.

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