A cuatro manos y tres pies

o sobre los estrafalarios avatares de Dante Butor

jueves, diciembre 28, 2006

1.14


Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: III. las recompensas de un ejercicio honrado (twice revisited)

Acabó sus estudios de la academia, cómo no, con honores, ¡quién sino podía estar a la altura de la siempre exigente y escrupulosa formación policial! Por ello, no le fue difícil encontrar un puesto adecuado a sus probadas aptitudes; de entre todas las ofertas, decidió aceptar aquella que se prometía con más proyección: ayudante del sub-comisario en una prefactura. Esta, encuadrada dentro de tranquilo suburbio ubicado en la periferia de la metrópolis, se tenía por un modelo a seguir en la gendarmería (a continuación se entenderá porqué). Pronto, con el pasar de las semanas en ese nuevo y flamante puesto, notó como su pasado le resultaba cada vez más presente que nunca, dispuesto como estaba a salir por sus fueros habituales, esto es, la exhibición de una heterodoxia que se convertía, con frecuencia, en meros ejercicios de depravación y amoralidad. Y, sin embargo, no era allí infrecuente semejante comportamiento. Bajo una capa que proporcionaba la apariencia de una realidad anodina y tranquila, se ocultaban sistemáticamente hechos sobre los que nadie estaba interesado en reparar, bien porque estuvieran implicados de forma directa o porque les pudiera salpicar, a resultas, de rebote. El comisario, sin ir más lejos, estaba al frente de toda esa mascarada; él era siempre el primero que día tras día se encargaba de neutralizar cualquier actuación inminente de la prefactura, avisando de forma anónima y con suficiente antelación a los involucrados en las denuncias que llevaban a sus manos. Dante, claro está, le secundaba sin reservas, aunque eso sí con cierto disimulo; prefería no darse por enterado, hacerse el despistado sobre los trapicheos y maniobras de su superior para evitar que criminal alguno fuera detenido en la zona bajo su mando: pretendía así camuflarse para realizar sus propios desmanes discretamente. Con el tiempo, y a fuerza de insistir en un comportamiento en apariencia francamente imbécil, se ganó el merecido título de tonto mayor del reino, no sin cierta incredulidad por parte del comisario; este, que no creía ya posible todavía la existencia en este mundo cruel de semejantes calibre de borricos soltados a pastar así sin más objeto que perderse a las primeras de cambio, dudaba que Dante no simulara en verdad tales despropósitos ya que justamente lo habían fichado por llegarle a sus oídos los excesos cometidos por él en la academia. También, y sin esperarlo, Dante se ganó algo más meritorio: un ascenso a ayudante del comisario, el cual necesitaba reemplazar al anterior, sacrificado como cabeza de turco en una de esas investigaciones internas a las que la prefactura se veía sometida con cierta periodicidad -cada 3 horas y 15 minutos para ser precisos- debido a la fama de corruptos (merecida, ganada a pulso) que tenían. Si Dante, pensó el comisario, resultaba en ese puesto el pelele que todos allí le suponían, perfecto; si por el contrario sólo disimulaba y estaba bien al corriente de la realidad de la prefactura, mucho mejor.

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martes, diciembre 19, 2006

1.13
Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: III. primeras muestras de una conducta intachable (once revisited)

Francamente nunca hubiera sospechado en el momento de hacer su solicitud para entrar a la Gendarmerie que esta prosperara al no haber ocultado su auténtica identidad y constar en sus archivos como fugitivo en busca y captura. Aunque bien pensado no sería tan extraño al fin y al cabo si en realidad los individuos que buscaran para entrar no fueran ciudadanos rectos, dechados de supuestas virtudes deseables en un seguidor de la ley y el orden, sino abyectos delincuentes como él. Menos aún entraba en sus perspectivas que una vez admitido en la academia pudiera comprobar en los siguientes días de su ingreso, y gracias a una minuciosa examinación de los comportamientos de sus compañeros, que ni sus –considerados por los lugareños de su pueblo natal– desmanes y excesos eran tan extraños o infrecuentes ni tampoco (y esto si le chocó de veras) eran tipificados allí como tales: más bien se consideraban actos encuadrados dentro de una conducta, digamos, moderna o, cuanto menos, abierta y cosmopolita. Así que durante los seis meses del curso preparatorio no dudó en ahondar, refinar sus perversiones o –para ser acordes a los nuevos patrones de conducta observados– ejercicios de modernidad. Fruto de la perseverancia y, admitámoslo también, audacia que demostró en ello, pronto se convirtió en un cadete idolatrado por sus compañeros, pero también respetado de igual manera por los profesores pues, aún sin llegarlo a admitir abiertamente, envidaban sus modos y resultados que, a pesar de aceptarlos y potenciarlos en la actualidad, nunca habían tenido la osadía de perpetrar en sus épocas mozas por temor, ya se sabe, del qué dirán o del qué perder. Pero esto último a Dante, estaba claro, se las traía sin cuidado. De ahí que a corto plazo recogiera sus frutos, unos frutos del todo jugosos.

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miércoles, diciembre 13, 2006

1.12

Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: II. Dante, policía en formación

Abandonando todo aquello que había sido a la sazón su vida, llegó a la capital de la república con la sensación de ser un descarriado (del alma) más que un prófugo de la justicia, y eso a pesar de haber salido airoso de varias persecuciones por estar en busca y captura. Ser un fugitivo no estaba tan mal a fin de cuentas; nuevas puertas tenían que abrírsele a la fuerza, estaba convencido, o eso o la prisión. Y efectivamente así sucedió (lo de las oportunidades, claro está). Rondando por las calles adyacentes a la estación de St. Lazare, su lugar de entrada a la metrópolis, se fijó en un enorme cartel publicitario: un par de hermosos y solícitos uniformados de la Gendarmerie Nationale reclamaban la adhesión de nuevos cadetes con un lema un tanto equívoco (“únete a nuestro cuerpo”). ¿Porqué él no podría ser también un guapo gendarme con un cuerpo objeto del deseo de futuros cadetes? Si lograba entrar sin levantar sospechas, ¿quién iría a buscarle allí? Además, podía resultar incluso divertido. Se imaginaba al lado de, rodeado por otros seres tan insignificantes y ridículos como él, ataviados todos con un chusco uniforme (gorra incluida), corriendo por los bosques, saltando obstáculos en un circuito de atletismo, luchando cuerpo a cuerpo en los gimnasios de la academia o disparando con el arma reglamentaria a blancos (siempre burdos remedos de sospechosos habituales) situados a no menos de 75 metros, que la mandíbula empezaba a desencajársele de forma descontrolada. Debía aprender a tener paciencia. Ya tendría oportunidad de desternillarse más (y mejor) adelante. Por ahora, bastaba con hacer una solicitud antes de que lo identificaran y lo detuvieran sin remedio.

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