A cuatro manos y tres pies

o sobre los estrafalarios avatares de Dante Butor

viernes, enero 19, 2007

1.17



Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: VI. Un apretón juvenil le hace vislumbrar las puertas de un Averno maloliente (once revisited)

A estas que Butor observaba con curiosidad la escena de todo un grupo de infantes a cual más enardecido y soez, cuando aquel que le acompañó en su subida desde la calle abandonó presuroso la estancia –quizás, pensó Dante, fuera efecto de una excitación incontenible ante la lección que se avecinaba. Sin embargo, al pasillo arriba proferir unas palabras demasiado inconvenientes para ser reproducidas aquí fielmente -¡Ay de mí, que me defenestro todo encima!, transcribiremos en aras de cierta inteligibilidad, donde se deja a la imaginación del lector la substitución del presente del verbo defenestrar por otra palabra más escatológica- quedó clara la motivación real del mozalbete: un colón demasiado irritable le estaba jugando una muy mala pasada y necesitaba urgentemente un retrete en el que… defenestrar. Tan sólo estas pocas palabras oídas del incontenible infante le bastaron a Dante para apiadarse de él y dejar a un lado la inquina que le había cogido en el tramo de ascensión compartido; sí, ese infante incontenible que poco después también fue inconsolable e inaguantable –por el olor que desprendía- a partes iguales, cuando regresó a la estancia portando bien encima la prueba evidente del fracaso de su misión: no había encontrado lugar alguno donde... defenestrar.

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martes, enero 09, 2007

1.16

Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: V. El exceso de celo antesala del desastre (twice revisited)

Entró en la escalera siguiendo los pasos de un imberbe muchacho que ataviado con un uniforme escolar acababa de cruzar el umbral de la portezuela de entrada acarreando a sus espaldas una mochila, cuyo desproporcionado volumen llamó la atención de Dante. Afortunadamente para este, el estudiante iba al mismo piso y cuando ambos al rellano por fin alcanzaron -pues este no se dejaba alcanzar con facilidad- les estaba esperando para darles una cálida bienvenida una puerta entreabierta y sin identificación exterior alguna. Estimulado ante la visión de semejante abertura , se coló en el piso tras el colegial, y cerrando luego la puerta le siguió por un pasillo, decorado por cierto con unos cuadros de un tono mucho mas subido de lo cristianamente aconsejable, hasta una estancia, abarrotada a la sazón de más colegiales, que un tanto alborotados no paraban quietos de un lado a otro zarandeándose entre ellos y profiriendo a grito pelado una obscenidad tras otra a cual más descarada y ofensiva. ¡Vaya, parece que he llegado a tiempo, la lección magistral debe estar a punto de empezar!, se dijo Dante. Y en eso y sólo en eso no erró: le esperaba una lección que no olvidaría en tiempo.

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jueves, enero 04, 2007

1.15

Breves reseñas biográficas sobre Dante Butor: IV. Inusitados problemas educativos reclaman su atención (once revisited)
En uno de los frecuentes viajes del comisario por negocios (este había aprovechado su influencia para emprender con notable éxito una empresa de importación y exportación), Dante quedó, como siempre sucedía en estos casos, a cargo de la prefactura ya que el comisario no se fiaba de los tejes y manejes que en su ausencia pudiera perpetrar el subcomisario. Se hacía obligado por parte de Dante durante estos lapsos cumplir con la más estricta de las inoperancias no fuera a cometer un craso error y hacer allí algo por primera vez útil. Pero, a diferencia de las otras ocasiones, esta vez no hizo caso omiso de un abultado expediente que le llegó a sus manos, en substitución de las del alejado comisario. Dejó a un lado, incomprensiblemente, la juiciosa costumbre de amontonarlos sin más para, al acabar el día, depositarlos en algún rincón libre del suelo del despacho del comisario, atiborrado de expedientes; no importa si fuera su inusitado grosor lo que llamó su atención o quizás la foto de una damisela que, asomándose de entre el resto de la documentación de la carpeta, tuvo a bien extraer y mirar atónito ante su singular hermosa, la cuestión es que osó abrir el susodicho expediente dejando atrás el sentido común e hizo algo insólito y mucho más descabellado si cabe: ¡lo leyó! No daba crédito a, esta, su arriesgadísima acción. Se había jurado que nunca más leería nada con atención (o sin ella) después de las graves secuelas que la educación le habían causado y ahora, poniéndose en peligro de muerte, renunciando a casi el único capricho que se daba últimamente (aparte de untarse de queso fundido los fines de semana mientras tomaba el sol en el terrado de su inmueble) ¡su salud!, seguía el muy incauto atentamente el devenir de una línea de texto y otra más y luego ¡otra más todavía! Estaba, ¡muy mal, muy mal! Ya no le quedaba ni gota de pundonor: !es que no había tenido suficiente con los atroces sufrimientos padecidos en su juventud por culpa de la lectura! (Pero lo peor estaría por llegar: pronto enfermaría como resultado de caer de nuevo en ella -en la lectura, vamos- pero, para entonces, restaría solo, pobre y ¡desempleado!, pues si hubiera querido conservar el puesto debería haber eliminado, por imperativo legal y a toda costa, cualquier atisbo de iniciativa que se le pasara por su imaginación.) Y, sin embargo, en unos pocos minutos finalizó la lectura, obviando, claro está, todas estas consideraciones. (Si esto no es temerario que venga Dios -si es que dispone de un rato libre entre milagro y milagro- y lo vea.)
El expediente en cuestión recogía las denuncias de unos vecinos de un condominio en cuyas dependencias, o más en concreto, en una de ellas, se procedía a impartir enseñanzas no regladas y sin, además, la correspondiente licencia administrativa, necesaria siempre en cualquier caso, esto es, tanto si los estudios servían para algo (raro) como si no (mucho más frecuente). Si bien esta denuncia resultaba insignificante para los turbios asuntos que llegaban a la gendarmería, este era un tema en el que Dante estaba especialmente sensibilizado pues a resultas de una educación, considerada por él nefasta, había llegado a comportarse hasta alcanzar los extremos de corruptela actuales. Decidido entonces a no dejar pasar este asunto, y con miras por una vez altruistas pensado por el futuro bien de la juventud del lugar, dejó la prefactura abandonada a su suerte y se encaminó a la comunidad de vecinos sin saber lo que estaba a punto de venírsele encima.

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